Aunque producir aluminio virgen tiene una mayor huella ambiental que el plástico o el vidrio, es el material más reciclado, lo que disminuye su impacto.
Cuando se discute qué envase contamina más, la respuesta depende en buena medida de qué parte del ciclo de vida se esté observando. La extracción de materias primas, la energía consumida en producción, el transporte y, por supuesto, el destino final.
Estudios de análisis de ciclo de vida (ACV) muestran que, para envases de bebidas comunes, el vidrio desechable tradicional tiende a generar más emisiones de gases de efecto invernadero que latas de aluminio y botellas de PET si se mide por kilogramo de producto transportado o por litro contenido.
La fabricación de vidrio requiere fundir materias primas a temperaturas de más de 1,500 grados centígrados, lo que consume grandes cantidades de energía térmica y electricidad, y aumenta su huella de carbono. Añadir vidrio reciclado a la mezcla reduce ese consumo, pero sigue representando un porcentaje dominante del gasto energético. Por eso, a pesar de ser 100% reciclable sin pérdida de calidad, el vidrio puede quedar mal posicionado en comparaciones centradas en emisiones totales si no se analiza también su reutilización y tasas de retorno.

Las latas de aluminio, por otro lado, combinan dos efectos: una producción inicial muy intensiva en energía pero una enorme ventaja cuando entran al ciclo de reciclaje. El aluminio reciclado requiere hasta 95% menos energía que producirlo desde cero y mantiene alta calidad tras múltiples ciclos, con potencial de reciclaje casi indefinido.
Por su parte, el plástico (PET) deriva de combustibles fósiles, con emisiones y contaminación asociadas a su extracción y procesamiento. Por el contrario, un estudio de la Universidad de Michigan señala que envases ligeros de plástico pueden presentar menor impacto potencial de calentamiento global que otros materiales, como el vidrio, si solo se evalúa la fase de producción y transporte, debido al menor uso de materia prima y energía.

Sin embargo, el estudio también indica que ese beneficio inicial es contrarrestado por la contaminación que generan los plásticos cuando terminan en vertederos, cuerpos de agua o suelos, donde pueden fragmentarse en microplásticos que afectan los ecosistemas a largo plazo. Ahí es donde entra la importancia del reciclaje.
De acuerdo con el estudio Global Beverage Recycling Dataset de Eunomia y el Instituto Intencionalidad de Aluminio, 74.8% de las latas de aluminio se reciclan, cifra por encima del PET, con una tasa del 47% y del vidrio, con 41.9%.

Esos números reflejan, en parte, la mayor eficiencia de los sistemas de reciclaje para los metales frente al plástico y al vidrio, donde la diversidad de resinas, colores y aditivos complica la recolección, clasificación y reprocesamiento.

Pero entonces, ¿cuál contamina más? Depende. Si se mide el impacto desde la extracción de materia prima hasta salir de la fábrica, el vidrio y el aluminio emiten mayores emisiones de gases de efecto invernadero que el plástico, pero estas se reducen si se usa material reciclado. Si se considera el transporte de la fábrica al consumidor final, el aluminio y el plástico emiten menos, porque pesan menos para trasladarlos que el vidrio. Y considerando el post consumo, las latas de aluminio sobresalen en el ciclo de vida circular por su tasa de reciclaje.

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